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Cerriles 1957

Cerritos San Luis Potosí, pueblito de grandes recuerdos, tal y como inicia la nostálgica canción de Bryndis. Evoco la plaza principal de hace ya algunos años, en que los quimeros idilios e incipientes amores se entrelazaban plenos de romanticismo en nuestro entorno pueblerino.

¿Recuerdan ustedes los estanquillos que se ubicaban sobre nuestro zócalo? El estanquillo de don Vicente, frente al de don Julián. Más abajo otro, atendido por personas que escapan a mi mente, y un poco más lejos El 8 Negro, que alguna vez fuera administrado por la querida y recordada familia de Pedro Gutiérrez, el Celador.

Enseguida El Edén, del estimado Cácaro, así conocido por todos nosotros. En el extremo opuesto, el negocio de La Viuda, con su especial don de gentes. Casi enfrente, el estanquillo de la familia Pesina, con ricas tortas que degustábamos al salir de las nocturnas funciones del Cine Reforma, que promocionaba su cartelera en aquel pizarrón grande y pesado que transportaba Pancho Velorios, y que instalaba a un lado de la nevería Alaska, donde la familia Macías ofrecía ricas paletas y nieves que disfrutábamos en compañía o solitos, y cómo olvidar el puesto de don Nico Perales, que con sus rocolas amenizaba nuestras vespertinas tertulias.

En fin, nutrida y reluciente policromía de ensueños y aconteceres que marcaron nuestras vidas, en donde el drama, la alegría y las anécdotas, se dieron cita, proyectándonos a nuestras fantasías.

Cerritos, lleno de contrastes, con la nobleza natural de sus gentes que en el desenfado habitual e inmersos en su cotidianeidad regatean a veces el saludo, «buenos días», o solo saludan a medias diciendo «buenos”, como sello característico, siendo proclives a la desatención, cuando a juicio de los que saben, el saludo es tan agradable de dar y recibir, generando bienestar.

Recuerdo también la odisea vivida en múltiples ocasiones, en la que nos involucrábamos cuando, para transportarnos a la capital del estado, abordábamos un autobucito tripulado por don Cheto, que a la sazón se estacionaba frente a El Águila. Nos trasladaba en una auténtica epopeya hasta la estación de ferrocarriles después de comprar el boleto que nos hacía acreedores al viaje, y luego de preguntar al encargado si el tren venía a tiempo, cuando en la oscuridad imperante en aquellas madrugadas se vislumbraba el coloso de hierro, todo era algarabía. Durante el trayecto dormitábamos o leíamos algún libro que nos ayudara a mitigar el tiempo, el necesario para arribar a la capital tunera; al llegar nos encaminábamos al Tokio, restaurante oriental, donde tomábamos algunos alimentos para, ya reconfortados, integrarnos a nuestras actividades.

Evoco los clásicos enfrentamientos entre los aguerridos cuadros de las secundarias 7 y 10, en lo que a futbol se refiere. Al terminar, los fanáticos se enfrascaban en grescas derivadas de un mal arbitraje o de un resultado no deseado. Grandes recuerdos.

Hoy las cosas son muy distintas.


Nota: Este texto se publicó por vez primera el domingo 20 de julio de 2014, en el número 676 de Plurinominal. El autor no quiso que se publicara su nombre. Si usted tiene algunos recuerdos o anécdotas que desee compartir, envíelas a nuestro correo.

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