Por MARCO SERNA.- ¿Dónde quedó aquel mexicano valiente?, ¿Qué fue, no de los reformistas, sino de las mentes revolucionarias que participaron en el cambio total de un sistema?
Al parecer se encuentran extintos, no solo en el país, sino ya ni Cerritos tiene a esa gente con agallas.
Recordemos el siglo pasado. Una época en que el abuso del poder estaba tan presente como ahora. Por eso surgieron líderes que incluso dieron con orgullo la vida por su pueblo, un pueblo que reclamaba la tierra para sí con base en el lema «tierra y libertad».
Las propiedades estaban siendo ocupadas y robadas por grandes magnates, quienes tuvieron que enfrentar la rebelión de campesinos e indígenas.
Las gentes humildes estuvieron dispuestas a morir por dejar un mejor país a los suyos, personas que habían sobrevivido a la masacre de la colonización española que tuvo como estandarte imágenes religiosas que aun perduran, acto que no puede traducirse en otra cosa que el episodio más horroroso que vivió el país.
La libertad del hombre consiste en decir no en cualquier momento en que decida salir de la opresión.
Los españoles utilizaron la divinidad para uno de los mayores saqueos que convirtió a su país en potencia mundial gracias al abuso que hicieron de México, tal como hizo Estados Unidos cuando se robó gran parte del territorio. Además los españoles dejaron encima su concepción religiosa, sus templos que aun están en pie. Impusieron una verdad sobre la que México tenía, y que era la veneración a las fuerzas naturales como la lluvia, el aire, la tierra y el fuego a cargo de nuestros indígenas.
Pero el pueblo de México pasó de la masacre española a la esclavitud de los terratenientes mexicanos. Un destino muy triste para aquellos que nacieron aquí.
Entonces comenzaron los movimientos revolucionarios con tal de lograr la propia afirmación del mexicano.
La gente reclamaba por la libertad, por la autonomía, por una identidad propia. Quería conseguir un pedazo de tierra. Deseaba evitar los abusos y obtener un país sin «dueños», ni externos ni internos.
En 1910 el objetivo fue derrocar al dictador Porfirio Díaz.
El porfiriato, cuya consigna fue la «paz y el progreso», dejó ver la clásica frase usada por el poderoso para oprimir al débil.
Esta sentencia disfraza el gran abuso que realiza todo cacique ante un proletariado ignorante para seguir sometiéndolo, porque es justamente el capital, quien requiere precisamente de «paz y de progreso» para continuar sus inversiones. Es decir, «paz y progreso» es lo que el gobierno necesita garantizar, en efecto, pero a la inversión extranjera. Y así lo ha venido haciendo.
En contraste, el grito de indígenas y campesinos, fue «tierra y libertad».
Y cómo no iban a querer la tierra, si la tierra era y sigue siendo de los suyos, de nosotros los mexicanos, no de los terratenientes que se la han seguido apropiando, por ello la importancia de devolverla al campesinado, quien siempre la trabaja y la sufre.
La tarea no es fácil. El gobierno tiene el poder y las armas. De ahí la necesidad de comenzar la revolución, y así empezó aquél entonces.
Cuando el hombre está sometido, encadenado a ser casi una cosa, en cualquier momento puede tomar conciencia crítica de su situación y decir, «ya basta».
Francisco I Madero se levantó en armas contra Porfirio Díaz, y logró derrotarlo. Entonces, como todos los triunfadores, asumió el poder para quedar como presidente.
Los campesinos no estuvieron de acuerdo, puesto que todo parecía un acto simulado dada la cercanía que Madero tenía con el poder burgués o terrateniente. Digamos que pudo ocurrir un trato en oscuro, como suele suceder hoy en día.
Fue por ello que se levantó en armas Emiliano Zapata, contra Madero. A Zapata lo siguieron los campesinos, pero vino la contrarrevolución que encabezó Victoriano Huerta, quien dio un golpe contra Madero y se adueñó del poder.
De aquí comienza otra etapa de la revolución, en donde tiene parte Pancho Villa, quien junto con Zapata se consideran dos de los más grandes caudillos.
Pero no podemos olvidar que juega un papel importante Carranza, quien está del lado de Huerta, lo que marca el momento cumbre del movimiento revolucionario.
Por revolución se entiende una falta de respeto al poder.
Por parte de los sometidos significa la aparición de una conciencia crítica que permite decir «no», a aquellos que los oprimen.
La libertad del hombre consiste en este «no». Cuando el hombre está sometido, encadenado a ser casi una cosa, toma una conciencia crítica de su situación y dice, «ya basta».
«No señores esto es injusto», o «no acepto», o «yo me levanto contra este orden y comienzo una revolución».
Cuando yo le digo no a mi opresor, estoy diciendo sí a la libertad. Cuando el pueblo rechaza al opresor, se está aceptando a sí mismo. Se descubre a sí mismo, descubre su libertad propia y su capacidad de cambio.
Pero el poder no se quedará con los brazos cruzados. Durante la revolución se montaron guardias para matar a todo el que se atravesara al ideal del hacendado, aunque no hubo piedad por ninguno de los dos lados.
Para el gobierno un hombre revolucionario es un peligro. Pero no solo él, sino también un pensador o un filósofo, de esos de los que ahora escasean porque el sistema educativo precisamente eso pretende ante el temor de que alguien siembre la semilla en la mente de la masa y se desencadene un verdadero movimiento que genere grandes cambios. De ahí que es necesario que a la sociedad se le distraiga, para que ni siquiera haga conciencia de la grave situación en la cual se mira inmersa.
Zapata y Pancho Villa fueron asesinados. Los campesinos perdieron a sus líderes, quedando a la deriva.
Desde entonces no se conocen otros personajes de tal envergadura, pero el antecedente que se tiene, es que en un determinado momento las masas pusieron su fe en determinados líderes, que pelearon junto a los suyos, que ganaron, que perdieron, que se arriesgaron y que terminaron dando la vida por su gente. Muertes que no pueden ser consideradas en vano, por eso las figuras pasaron a la historia.
Cerritos lleva años encadenado a un mismo grupo de caciques. Es necesario sacar del fondo nuestro movimiento revolucionario para quitar el poder a quienes han abusado de la mayoría.
En Cerritos no hay gente tonta e idiota. Hay pensamiento revolucionario, la gente no se calla lo que piensa y hay exigencia de cambio. Lo que no hay son líderes que estén en favor del pueblo.
Alguien que explique a la gente que no basta con respetar un resultado electoral mínimo, si es la mayoría la que reclama por el rechazo a los mismos que quieren seguir haciendo de las suyas.
En caso de que el mismo grupo quede en el poder, podría ser la mayoría la que deje demostrado el repudio, y juntos podrían hacer bastante, si no es derrocando el mismo grupo dominante, se pueden llevar a cabo comisiones ciudadanas para cuidar los manejos administrativos, pero las situaciones anómalas no deben de tolerarse mas y si es necesario la fuerza del pueblo debe imponerse, porque ni la policía sirve de mucho.
Para el gobierno un hombre revolucionario es un peligro. Pero no solo él, sino también un pensador o un filósofo, de esos de los que ahora escasean porque el sistema educativo precisamente eso pretende ante el temor de que alguien siembre la semilla en la mente de la masa y se desencadene un verdadero movimiento que genere grandes cambios. De ahí que es necesario que a la sociedad se le distraiga, para que ni siquiera haga conciencia de la grave situación en la cual se mira inmersa.
Entonces ¿qué pasó con los líderes que en su momento lograron cambios en este lugar que es Cerritos?
Nosotros sabemos sobre su destino. Envejecieron. Murieron. Pero aquí los tenemos, plasmados en páginas que forman nuestra hemeroteca, en la cual hay constancia de que existieron. Sin embargo, entre el horizonte quedaron expandidas algunas de sus semillas que esperan alguna lluvia para germinar.
Gracias al maestro José Pablo Feinmann por los ideales y programas en los cuales baso el presente escrito.







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