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Abuelita de Dos Milenios

María Santos Medellín de Moreno, nació en el poblado de Mezquites, perteneciente a Cerritos SLP, el día 18 de agosto, en el año 1912.

Por Miguel Ángel Vqz. Moreno.- Escribir la reseña de una vida no es una tarea sencilla, más aun cuando se trata de abordar un relato que dura cien años. Una centuria se dice fácil, pero vivirla es toda una proeza.
Instituir una familia, procrearla, criarla, educarla, formarla y prepararla es una de las más arduas tareas en la vida; también es la más gratificante. Nuestra venerada María Santos Medellín de Moreno lo logró junto al hombre de su vida, el Sr. Crispín Moreno Barrientos, con nosotros ya no presente, con quien contrajo nupcias a los 25 años de edad. Con él luchó brazo con brazo y hombro con hombro, como la gran mujer y madre abnegada que es, y con ello planta su huella en la historia de la humanidad.
Nació en el poblado de Mezquites, Cerritos SLP, el día 18 de agosto, en el año 1912. Su seno familiar estuvo lleno de carencias y retos para poder sobrevivir. A muy temprana edad le tocó hacerse cargo de su hermanos y hermanas al faltar su mamá.
Mujer virtuosa, esposa fiel, madre abnegada, abuela amorosa, bisabuela admirada, tatarabuela bendita. Redactar los pormenores más relevantes de su vida y su herencia, podría englobarse al recuento de su descendencia: seis hijas y un hijo: María Luisa, Lucano, María Concepción, Susana, Francisca, Hermelinda y María Elena; 23 nietos y nietas; 48 bisnietos y bisnietas; un tataranieto y una tataranieta.
Ella vive agradecida con Dios por la sabiduría y el valor que le dio para mirar la vida como la ve Él. Irradiando esta luz dio claridad a la mente de sus hijos para darle sabor y consuelo a sus vidas, para ayudarles en sus momentos difíciles, y para arrancarles una sonrisa. Luchó siempre por darles alegría de vivir, con la confianza de que Dios esta en ellos y en ella también.
Administró inteligente y prudentemente su tienda de abarrotes, su panadería y su carnicería; negocios que su esposo dejaba a su cargo, porque él salía frecuentemente a trabajar fuera de la ciudad.
Cien años después de su nacimiento, al recuento de su vida, sus familiares decimos con admiración y respeto: Qué orgullosa debe estar la tierra que la vio nacer; en sus fértiles suelos germinó una semilla que se convirtió en un robusto árbol que creció y creció extendiendo sus ramas, reclamando espacio, tiempo e historia a través de dos siglos y de dos milenios.
Con orgullo ostentamos que tenemos una gran mujer centenaria que pertenece a dos centurias y ha tenido el privilegio de vivir a través de dos milenios. Nació con el amanecer de un siglo que puso fin a un milenio, su madrina fue la revolución, y vivió a través de momentos importantes de la nación; ahora, cien años después, aún gozando de la bendición de la vida, sus ojos ven los albores de otro siglo que marca el inicio de un nuevo milenio.
Reza una frase, de autor desconocido: Si Dios te manda un hijo es porque quiere que tu vida continúe. A nuestra matriarca Dios la bendijo con siete vertientes para la extensión de su vida. De este tronco común se desprenden muchas ramas. Nuestra familia es grande y numerosa, y todos nos sentimos felices y orgullosos de festejar los cien años de nuestra gran señora.
El amor al trabajo y sinceros consejos han sido su ejemplo y su herencia. Regañona y exigente: sí, pero igualmente amorosa y abnegada. Forjó con su ejemplo y empeño a mujeres y hombres industriosos y rectos. En toda su descendencia no hay uno solo que pueda decirse que es perezoso, mucho menos pernicioso.
La recordamos como una mujer grande, fuerte y afanosa. Siempre ganándole al sol para adelantar los quehaceres: ir al molino, barrer la calle, preparar desayuno, atender al marido, consentir a los hijos… Todas las tareas que desempeña amorosamente toda esposa y madre abnegada.
En nuestras mentes vive la imagen de verla llegar del centro cargando aquellas pesadas bolsas repletas de mandado: una en cada mano. Coloradita coloradita, así se veía por el esfuerzo y la asoleada, pero después de tomar sólo un respiro proseguía con sus labores de familia, casa, tienda, panadería y carnicería.
Siempre estricta, hacendosa y exigente: sobretodo inteligente. Le bastaba con una mirada para imponer su comando. Y si así la cosa no funcionaba, cuidado si decía: «Prieto», llamando al abuelo, pues entonces sí la cosa era seria. «Sí, güera», respondía el abuelo, y tras oír la queja volteaba hacia uno y en clara complicidad nos guiñaba el ojo mientras nos regañaba: ¡Cómo contradecir a la jefa!
Cómo olvidarla regando sus plantas: perdida en aquella selva de hojas gigantes, dejando aquél aroma a patio mojado y aquél escurrir de macetas. Subida en aquellas tarimas que el abuelo mandó construir para acomodarle su edén, caminaba segura y airada desafiando la ley de la gravedad para darle amor y vida a sus preciados y verdes tesoros.
Tantas historias, tantos recuerdos, pero valgan estos cortos relatos como ejemplo de su presencia constante en nuestros pensamientos.
Dicen por ahí: «¿Por qué lo bueno se acaba?» Nosotros creemos que no se acaba: se vuelve eterno en nuestros corazones. El recuerdo de esta alegría de festejar los cien años de nuestra madre, abuelita, bisabuelita y tatarabuelita, vivirá por siempre en nosotros. Nos sentimos dichosos y agradecidos con Dios por esta bendición que hoy nos da al permitirnos compartir todos juntos con este gran amor que es nuestra querida María Santos Medellín de Moreno.
Qué gran dicha festejar su vida teniéndola presente; pudiéndole decir de frente cuanto la queremos y cuanto la admiramos. Decirle que significa mucho para nosotros, que de no haber sido por ella ninguno de nosotros estaríamos hoy gozando del don de la existencia. Dios da la vida: Él escoge sus canales y sus medios: por eso decimos con total certeza que nuestra matriarca es nuestra conexión con lo divino: ella es digna de toda nuestra veneración.
Las nieves del tiempo tiñeron de blanco sus cabellos, las líneas de la vida se dibujaron en su rostro, el desgaste del arduo trabajo y la entrega total se apoderó de su cuerpo; no obstante, que gran ejemplo de valentía, tenacidad y entereza nos brinda. El compromiso es grande para todos nosotros. Con su ejemplo nos impone la misión vivir una vida para cumplir con su récord. Los tiempos son difíciles y a veces queremos tirar la toalla, pero ahora con su ejemplo nos dice que debemos ser fuertes, que debemos seguir adelante y que debemos enfrentar con valentía todos los retos.
Todos nosotros elevamos nuestra oración hacia Dios para agradecerle esta dicha de tener una abuelita de cien años, y para pedirle que la bendiga siempre eternamente. Porque además tenemos la certeza de que a través de ella todos nosotros somos benditos. Ella siempre nos da su bendición a cada instante: cuando nos ve, cuando nos escucha, presentes o distantes; incluso a través de la línea telefónica.

Abuelita Santos, nuestra abuelita de dos milenios, que Dios me la bendiga siempre eternamente. Amén.

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