“Se odia lo que se envidia y se agrede lo que se teme”
El acoso escolar o bullying ha pasado de ser una simple broma estudiantil a una peligrosa práctica que ha desembocado en la muerte de algunas de las víctimas o en el menor de los riesgos en daño sicológico permanente. Casos recientes así lo demuestran, lo cual ha detonado el interés de los gobiernos por erradicar esta nociva costumbre en las escuelas.
Phoebe Prince, de 15 años, estudiante de una escuela secundaria en South Hadley, Massachussets, se suicidó en enero del año pasado, luego de que varios de sus compañeros la emprendieron contra ella llamándole «zorra” constantemente en clases, en las fiestas y hasta en su Facebook.
Sean Mulveyhill, el chico popular de la escuela y su novia Kayla Narey, iniciaron la campaña contra Phoebe, quien era menor que ellos.
Siete compañeras más, conocidas como las “Chicas Malas”, se unieron a la tortura. Los dos fueron castigados penalmente a un año de libertad condicional y las otras a cien días de trabajo comunitario. Uno de ellos escribió «misión cumplida» después del suicidio de Prince e incluso se burlaron de la muerte y del dolor de la familia. La sentencia –aunque menor– sentó un precedente para el bullying o acoso estudiantil en la Unión Americana.
Otros dos casos sucedieron en México. En uno, un joven de 16 años murió asfixiado en su salón de clases luego de que sus compañeros le aplicaron la típica «bolita». Los hechos ocurrieron el 14 de junio de 2012 en el plantel 4 del Colegio de Bachilleres del Estado de Morelos (Cobaem). Carlos Javier Aguilar Ortiz fue encontrado muerto luego de ser golpeado y aplastado por otros alumnos de su clase.
En la segunda tragedia, el menor Jonathan, de 7 años, murió en el municipio de Lagos de Moreno, Jalisco, infectado por una bacteria, luego de que uno de sus compañeritos lo sumergió de cabeza en un retrete. La bacteria le provocó la neumonía que le quitó la vida. El 18 de febrero, Jonathan Ortiz Ávalos llegó a su casa luego de ir a la escuela y mencionó que si tomaba agua se «ahogaba». A la mañana siguiente, no se quiso levantar ni comió, según relató la abuela del menor a la prensa local. Cuando se acercaba la hora de ir a la escuela, el niño confesó que un compañero mayor que él, apodado «Beto», lo golpeaba y un día antes le había sumergido la cabeza en uno de los excusados del colegio para quitarle su dinero.
Los padres de Jonathan lo llevaron a un centro médico para que fuera revisado. El Doctor que lo atendió diagnosticó una infección estomacal, le recetó antibióticos y lo dio de alta. Al siguiente día lo atendió el médico familiar, que ordenó su ingreso inmediato a urgencias para la realización de unos rayos X. Las radiografías mostraron daños en los pulmones del niño, quien fue internado y se pidió su traslado al Seguro Pediátrico del Centro del Seguro Social en Guadalajara. Pero durante su traslado, el pequeño sufrió tres paros cardiorrespiratorios y falleció.
El perfil de los niños abusadores es siempre similar. Sienten que tienen poder sobre sus víctimas y no les importa el daño que causan, hasta que es demasiado tarde.
Y ahora las luces de alarma se prenden en nuestro municipio. En una escuela secundaria local, varias niñas están siendo acosadas por una compañerita, cuya madre es subdirectora en el plantel. Al menos cuatro de ellas han recibido malos tratos y regaños por parte de la funcionaria escolar, derivado de los falsos testimonios que su hija le proporciona sobre las compañeras con las que no se lleva bien y a quienes les descarga su odio injustificado.
Entre la disyuntiva que la mentora enfrenta, en esa difícil dicotomía de ser madre y maestra, ha optado por el camino fácil de la emoción sobre la razón y cree todo lo que su niña le cuenta, aún cuando sea falso o mal intencionado, con la consecuente presión para las víctimas de su inestable cría.
Podría pensarse que la subdirectora es la culpable del acoso, pero aunque no se justifique, se entiende que debe creer lo que su hija diga. Así que si consideramos el principio jurídico que establece que “la causa de la causa es causa de lo causado”, la única responsable es la pequeña insidiosa. Y si el amor es ciego, la inteligencia abre los ojos del entendimiento. Es mejor un regaño a tiempo que un lamento cotidiano.
El caso, por fortuna, y gracias a la inteligencia y a la madurez emocional de las acosadas, no tendrá las funestas consecuencias de los casos arriba referidos, más aún cuando ya se dio la oportuna intervención de la sicóloga del plantel para asesorar a las víctimas, pero aún así los directivos de la escuela deben poner una solución definitiva a esta actitud negativa para evitar que el ejemplo cunda y las consecuencias sean lamentables.
Si bien es cierto que las afectadas requieren ayuda sicológica, también es verdad que la acosadora y su madre la requieren mayormente. No basta separar a las alumnas, que por desgracia están en la misma aula, sino que hay que concientizar a una y a otras de que la violencia sólo conduce a la tragedia. Hasta ahora no hay lutos, pero conductas así podrían afectar el rendimiento de los niños y grabar perennemente en su mente daños sicológicos inimaginables.
Sabemos que nuestra sociedad vulnerada por el crimen requiere con urgencia el remedio de la tolerancia, la comprensión y la armónica convivencia. No es que los niños sean malos, sólo que están desorientados. Cerritos necesita buenos ciudadanos, no víctimas ni victimarios.
Ser padres es una ardua tarea que te compromete con el bienestar de tus hijos, pero ser maestro es una tarea titánica que te compromete con la sociedad entera.
CINCELAZO.- «Cría cuervos y te sacarán los ojos.»

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