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El arte de prometer

En esta lucha de los que no tienen contra los que sí, de los “ilustrados” contra los “ignorantes”, o de los opresores contra los oprimidos, en Cerritos, o tal vez en todo lugar, el arte de hacer política se centra en “prometer”.

“Que no tenemos agua… se las vamos a arrimar”, “que hay inseguridad… con nosotros eso se va a acabar”… “que necesitamos tractores, vacas, caballos o bueyes… se los vamos a regalar”… “son necesarios programas para el campo… nosotros los vamos a implementar”… “queremos una universidad… se las vamos a construir”… “que hay muchos robos… con nosotros se van a terminar”… promesas que alguien se dedica a anotar en un papel, para que de ganar tal o cual candidato formen parte de las supuestas “prioridades” a cumplir.

En el fondo el político sabe que lo que promete generalmente no es verdad, solo busca el voto, pero la gente también sabe que lo que ellos piden a veces es difícil cumplir y si emiten el voto, más que por promesas, es porque se sintieron escuchados…

Pero más allá de “prometer y prometer” esto demuestra que a pesar de que la población sabe que los políticos solo “prometen” y rara vez cumplen, a la gente le gusta que la “escuchen”.

Sí. Por eso el político trata de ser un “oyente carismático” durante la campaña. Convoca a reuniones y deja espacio para que la gente hable. Abraza, saluda y a veces besa a la gente, echa la casa por la ventana, regala lo que puede (láminas, despensas, cobijas, cemento, rehabilita caminos, da dinero, etc.) y aunque ya conseguido el poder retome la actitud de indiferencia, en campaña la clave está en escuchar –o fingir que escucha– a la gente.

En el fondo el político sabe que lo que promete generalmente no es verdad, solo busca el voto, pero la gente también sabe que lo que ellos piden a veces es difícil cumplir y si emiten el voto, más que por promesas, es porque se sintieron escuchados.

El ignorar a las personas es una grave ofensa para el pueblo mexicano que siempre ha estado reprimido, olvidado o ignorado por los “que tienen”.

La ausencia del saludo, de un buenos días o hasta de un plan que no incluya a tal o cual persona, es mal visto, al grado que hay quienes se cambian de partido.

Sí. Por eso el político trata de ser un “oyente carismático” durante la campaña. Convoca a reuniones y deja espacio para que la gente hable. Abraza, saluda y a veces besa a la gente, echa la casa por la ventana, regala lo que puede (láminas, despensas, cobijas, cemento, rehabilita caminos, da dinero, etc.) y aunque ya conseguido el poder retome la actitud de indiferencia, en campaña la clave está en escuchar –o fingir que escucha– a la gente…

“No me tomaron en cuenta”, dijo alguien que al sentirse líder, miró cómo se hicieron acuerdos de coalición donde a él lo dejaron fuera, y prefirió irse a donde al menos le prestaban el micrófono. “Aquí me escuchan”. Y sí, a veces con eso basta para que la gente no sienta el peso de la ignorancia, del desprecio o hasta de la traición.

Es esta la forma de hacer política, “con promesas y promesas”. Siempre lo ha sido y generalmente funciona.

Esta técnica la vemos aplicada entre novios, cónyuges, padre e hijos, merolicos, doctores, licenciados y un amplio etcétera. Es el aseguramiento con sentencias verbales de que “algo se va a resolver”. Ese método que genera esperanza independientemente de un resultado que a veces es negativo. Entonces estaríamos hablando de cualidades de oratoria, el arte que motiva, influye o convence.

Los partidos de siempre ganaron las alcaldías y se fueron con la mayoría de promesas incumplidas. Luego vino la nueva oportunidad para elegir a otra persona, volvieron las promesas nada distintas a lo incumplido, se sostuvieron reuniones con inconformes, los volvieron a escuchar y de nuevo pudieron convencerlos.

Aquí podemos hacer un paréntesis. Los “olvidados” sanan parte del coraje o decepción cuando se les da margen para que hagan reclamos, o insulten a los políticos irresponsables. Durante nuevas reuniones o mítines, los aspirantes de actualidad saben que fallaron y aguantan las ofensas, como “ya ni chinga. No nos cumplió… qué pasó licenciado”, sentencias encaminadas al representante de determinado partido o grupo, y a veces está fórmula vuelve a funcionar.

Luego se emiten “promesas nuevas” y la gente vuelve a quedar inmersa en el interior de un círculo vicioso que parece no tener fin porque tal circunferencia también engloba a un grupo de funcionarios siempre igual, que incluye “a los mismos” aunque contiendan amparados bajo siglas de distintos partidos.

Así pasan otros tres años y los problemas no se resuelven, pero curiosamente el patrimonio de algunos sí presenta diferencia.

Quienes hablen de un cambio deben dejar atrás esta ridícula forma de hacer política.

Es necesario incluir a las personas, no solo en mítines, sino en la toma de decisiones importantes, dejar de lado la exclusión de los que quedan en desamparo porque no cuentan con investiduras políticas, preguntarles cómo deben distribuirse los recursos, y justificar en qué se destinan éstos de forma detallada, explicarles a fondo los antecedentes históricos de un problema que será difícil de resolver sino se toman decisiones y acciones donde todos participen.

Quien solo “promete y promete” no deja de seguir el ejemplo de la forma en que se ha venido haciendo política en el país por más de 80 años. La situación actual deja ver que no ha dado resultados. La inconformidad no cesa, parece que los problemas incrementan pero alguien debe estar al frente de una comuna, de un estado o de un país.

Es así como el político, conseguido el poder ya no atiende personalmente a las gentes que buscan ser “escuchadas” en el palacio de gobierno.

Siempre hay gente por delante; el alcalde salió a una diligencia; debe sacar cita; no trae cubrebocas; ahorita no puede atenderlo; está en una reunión; tiene una salida urgente; y se vuelve a ser presa de lo de siempre.

En fin. El radio de acción de un alcalde está limitado en una sociedad donde las tareas se confieren a más dependencias, funcionarios o asociaciones. La ciudad tampoco se compone solo de oficinas de gobierno, hay comerciantes, clubes deportivos, estudiantiles o hasta grupos religiosos.

Es por ello que los adversarios que aprovechan un problema social y lo encaminan al ataque del oponente, a sabiendas que este puede ser su punto débil, tampoco pueden presumir de que saben hacer política.

El ambulantaje, la basura por las calles, mala organización en el proceso de vacunas, algún homicidio que resulte de la lucha del crimen organizado, son temas que vienen como anillo al dedo para “prometer y prometer” con que eso se terminará llegando cierta persona al poder.

Esto no deja de ser otra artimaña, porque tales temas no engloban únicamente a la figura de un presidente, sino que abarcan a todo el tejido social.

Por ejemplo, en los pequeños pueblos donde la gente es presa de la monotonía que resulta de tanta paz, cuando ocurre un homicidio la iglesia rinde cuentas a superiores.

Cuando las cosas se salen de control, los pastores o sacerdotes se llevan su regañiza. Sus líderes les hacen ver las flaquezas en que caen al no poder llevar al rebaño por las sendas del bien.

Un borracho o drogadicto activo, de los que andan en campaña se mira ridículo reclamando por la presencia del crimen organizado, siendo que él contribuye en “atizar el fuego”…

Durante las reuniones los pastores hacen un llamado al remordimiento de malhechores y piden el retorno al orden social, es decir, asociaciones como la iglesia también saben de “fallas”, sin embargo como los líderes religiosos no compiten por la presidencia, pasan desapercibidos en esta ola de violencia, es decir, en los mítines los sacerdotes no son el objetivo del “tiro al blanco”.

Aunque se trate de países de primer mundo hay problemas inherentes a toda sociedad. Éstos no dejarán de suceder, pero los índices sí pueden reducirse.

El decir que se terminará con ellos, solo deja ver lo mentiroso que puede resultar un candidato o su equipo de trabajo. El achacarlos a un grupo político o recurrir a campañas negras no solo es reprobable, sino preocupante, porque se trata de inyectar odio más que promover soluciones basadas en antecedentes confiables. No debemos olvidar que uno de los primeros pasos para lograr soluciones, es conociendo los antecedentes del conflicto pero generalmente se critica el resultado.

Un borracho o drogadicto activo, de los que andan en campaña se mira ridículo reclamando por la presencia del crimen organizado, siendo que él contribuye en “atizar el fuego”.

Pero volviendo a los problemas sociales que seguirán presentes, enunciemos la inseguridad y delincuencia, presencia del sistema patriarcal, pobreza, falta de oportunidades, prostitución, sequía, ausencia de fuentes de trabajo, corrupción, injusticia, desnutrición, deficiencias en el sistema de salud, falta de escuelas u oportunidades para acceder a buena educación, discriminación, alcoholismo, drogadicción y violencia contra el sector femenino.

Quien diga que puede resolver lo anterior ocupando la presidencia no deja de ser el político tradicional, pero quien presente al electorado un esquema para atacar tal problemática basado en estadísticas, antecedentes históricos, presupuestos y cómo conseguir la obtención de éstos, podría significar una buena opción para tomar en cuenta en las elecciones que se avecinan.

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