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Cerriles 1801

Robos a transeúntes y en casas habitación, ejecuciones, secuestros, desapariciones forzadas y extorsiones telefónicas no terminan con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ni tampoco con el de Ricardo Gallardo Cardona.

Por el contrario, tanto delincuentes como delitos son parte del diario vivir y la gente se ha ido acostumbrando a ello. Es cierto que nefastos personajes y actitudes siempre han sido parte de la sociedad, pero a estas alturas al ambiente preocupa porque los altos índices de la delincuencia no se habían alcanzado como ahora, al menos en nuestro país.

La celebración del día de muertos nos invita a recordar a quienes ya no están, y de paso nos brinda un adelanto sobre a dónde vamos a llegar.

Recordar a nuestros seres queridos nos llena de remembranzas salpicadas de nostalgia. Aunque una persona siempre nos haya hecho reír, la imposición de la muerte siempre ensombrece.

Las pláticas que empleaban los que ya no están, sus platillos favoritos, la forma de sentarse, sus consejos, regaños, ocupaciones y canciones preferidas, forman la esencia de quienes hoy transitan en el imaginado mundo de los muertos.

Pero la tradición de venerar a nuestros difuntos, no es un honor del que cualquiera goza. El que se coloque una foto encima del altar es un acto bien ganado por las obras y acciones de quien merece ser recordado, y al parecer no todas las personas se ganan ese privilegio.

Más allá de quienes gozaron de una despedida solemne, pero cierta, y que año con año son recordados por los suyos, está el tiempo. Ese periodo que representa los ciclos de determinadas épocas y generaciones, y que crudamente, por sí mismo acaba por encaminar al olvido.

¿Cuántas familias ya no están para seguir recordando a los que fueron sus seres más preciados? En los altares de actualidad la fotografía de los difuntos, alcanza, digamos a hermanos, papás, abuelos o bisabuelos, pero son pocos los que recuerdan o saben lo que hubo más detrás. El tiempo carga con todo. Incluidos vidas, historias y recuerdos, y cuando alguien decide indagar, generalmente los datos ya no son precisos y entonces nos perdemos en realidades inciertas.

Afortunados son los que cuentan con un árbol genealógico bien organizado. Con fotos, nombres, direcciones y amplio etcétera de sus familiares. Cuántos no quisieran tener en sus manos una foto de sus ascendientes para recordar en el altar al bisabuelo, al tatarabuelo, al tastarabuelo, pero son pocos los afortunados, pues el tiempo hizo lo suyo y al final predominó el olvido. En el panteón siempre abundan tumbas y restos que ya nadie visita.

Pero detrás de altares o hasta de tumbas que parecen abandonadas, persiste un núcleo poblacional en la incertidumbre. Nos referimos a quienes no saben del paradero de los que salieron de casa y no han vuelto.

Las familias no han tenido siquiera la certeza de saber si murieron, o si están por ahí, en espera de una oportunidad para el regreso.

Pueden ser días, meses o años, pero la angustia debe ser insoportable. El agotamiento de recursos emocionales conlleva al desgaste físico, y aunque se han utilizado todos los mecanismos posibles al alcance de familiares para localizar a las personas desaparecidas, el panorama parece un grito al vacío donde nadie da respuesta.

La espera día y noche de alguien que no regresa parece una situación más pesada que cualquier proceso de duelo ante la muerte, porque no existe ni siquiera una seguridad absoluta de la defunción, y cuando la hay, generalmente no hay un cuerpo que enterrar, ni facilidades para cerrar dicho proceso psicológico.

En noviembre se celebra en México el tradicional día de muertos, pero las Naciones Unidad ya cuentan en su calendario con el “Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas”. A ellos también se les encienden veladoras.

Nos leemos la próxima…

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