Por Marco Serna.- Inmadurez, conductas temerarias, chantajista, intolerante, fanfarrón, deterioro intelectual, pérdida de autocrítica, desequilibrio emocional, irresponsabilidad, distorsión de la realidad, trastorno de la personalidad, e ideas delirantes, son sólo algunas de las características que describen a un enfermo alcohólico.
Y es que comienzo escribiendo así este artículo, porque tal descripción no me parece muy distante de aquella que cataloga a algunos sujetos que habiendo obtenido el triunfo electoral, adoptan las mismas actitudes al llegar a la presidencia municipal cerritense.
Según la literatura de la red, el término “hibris” fue primeramente usado por los griegos.
Dice la Wikipedia, que en la antigua Grecia, “aludía a un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno unido a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado por las pasiones exageradas, consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, y más concretamente por la furia o el orgullo”.
Tal calificativo, en la actualidad se relaciona con la “borrachera”, pero no a esa que señalé al inicio, sino a la “embriaguez de poder”.
Cerritos ha sido testigo de un claro cambio en la actitud de los dirigentes, que comienza primeramente con una ola de saludos que se reparten entre los locatarios del mercado municipal, antes de extenderse a lo largo y ancho del municipio.
De este modo la ciudadanía sospecha sobre las aspiraciones políticas de determinados sujetos, antes que éstos hagan pública su voluntad de contender por la presidencia.
Quienes gozan de cierto carisma –y sus palabras más o menos emparentan con sus hechos– obtienen generalmente la victoria.
Sin embargo dentro de poco, esas actitudes de los dirigentes resultan muy distantes a las promesas de campaña.
Se notan hambrientos de ese manjar de poder del que se sirven 3 años, y crean una dependencia tal que al término de sus mandatos, aun intentan mover títeres o vasallos para que les conviden del menú.
El término “Hibris”, desde muchos siglos atrás, se utilizó para calificar a un hombre victorioso, que alcanzó un objetivo dificultoso, pero que una vez logrado, fue presa de una cruda de poder que lo volvió loco al no poder medir la consecuencia de la borrachera.
Existen por otro lado, tratados que han explicado este fenómeno, donde se desglosa más a fondo qué afecta a esos políticos que en nuestro caso, han ocupado la silla presidencial de Cerritos.
Explica un documento, que los primeros delirios, empiezan con la grandeza que comienza a sentir el personaje, que se aleja de la verdadera responsabilidad que algún día aseguró tendría por el pueblo, y antes de alcanzar los 3 años, termina con la personalidad trastornada.
A algunos de los alcaldes que ha tenido Cerritos, todo les parece bien cuando empiezan a disfrutar de las delicias municipales, las que acomodan al gusto con esos atributos de mando y orden que les otorgan los ordenamientos “legales”.
Mucho se critica, cuando los gobernantes llegan al punto en que dejan a un lado las palabras de su equipo que los acompañó durante la campaña o de la gente que con ellos labora.
Sus ambiciones no se ocultan con decisiones, y sólo indican imprudencia. Los alcaldes, creen siempre que realizan lo correcto, aunque al final, Cerritos les expresa un concepto erróneo del modo en que administraron recursos casi siempre en beneficio propio, pero esos reclamos no pasan de simples manifestaciones al calor del sol con gritos o mentadas, que en realidad no sirven de nada como para extirpar de las cuentas bancarias de los ediles, las cantidades auto otorgadas por acuerdos a puerta cerrada.
Contrario a los eventos de proselitismo de campaña, –dónde les sobraban palabras para lograr la convicción del voto entre la ciudadanía– jamás se ha visto a un alcalde en su último informe de gobierno, utilizar un micrófono para aceptar que durante su gestión se cometieron errores, todo por no atender precisamente al pie de la letra las medidas expresadas al mendigar el voto.
Contrario a ello, presentan informes perfectos e intentan hacer creer al ciudadano que caminan firmes sobre el camino de la honestidad.
Se piensa, que a alguno de éstos personajes que pasará a la historia como uno de los peores gobiernos, el triunfo le quedó corto.
Sin dar nombres para no herir susceptibilidades, –ya que el borracho es muy dado a sentirse ofendido con facilidad– este sujeto al principio dudaba de lograr el triunfo. Luego que ganó, temió no cumplir lo prometido, pero casi de pronto su “humildad” quedó sepultada y comenzó a embriagarse con poder, sintiéndose respaldado por una legión de incondicionales que también se sirvieron una copa de tal sustancia, al tiempo que palmearon al alcalde en turno para crear una cerrolandia perfecta –aunque sólo en sus mentes–.
Por ello, el alcalde que de inicio se sentía humilde, se transformó en un hombre que jamás entendió razones ni de su propio partido, incluso dijo que el triunfo se le debía a un movimiento masivo jamás observado y no a las siglas de un instituto político.
Como las adulaciones de sus más cercanos jamás cesaron durante el trienio, se la creyó al tiempo que no pensó indispensables ni a sus más cercanas humanidades.
Más que un gobierno que hubiera enfrentado la problemática, convirtió en su mente el trienio en una novela de fantasía, dónde los finales decepcionantes no tienen cabida.
Más ex alcaldes, al estar gobernando, también se creyeron seguros de lo que hacían o decían, cuando todo Cerritos comentaba lo contrario.
Para estos hombres, –tal como cualquier borracho en actividad– su principal enemigo es aquél que no comparte sus puntos de vista ni aprueban sus decisiones.
Aunque es otra sustancia la que da el efecto, las consecuencias de borracheras con poder y vino, son muy similares.
Como a todo alcohólico, cuando a éstos enfermos les llega la cruda física o moral, se vuelven temerosos y algo en su conciencia les indica que dentro de esa “peda” pudieron haber ofendido a alguien.
A unos se les cierran las puertas de las oportunidades de por vida, jamás recuperan la confianza de su gente y menos de su familia.
Luego de aceptar una clara derrota ante lo que los emborrachó, otros entienden cuando hasta el perdón es ofensivo.
Nos leemos luego.






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